Siempre recomiendo la lectura de 1984 de George Orwell a todo el mundo. En él, podemos encontrar las claves para la construcción y el funcionamiento de un estado totalitario.
Uno de los principios básicos es la corrupción de las palabras.
Las palabras se pueden vaciar de su carga conceptual si se utilizan inadecuadamente.
Uno empieza a darse cuenta cuando al Jefe de personal se le llama director de recursos humanos.
Y cuando, un franquista-falangista (fascista) como Aznar utiliza la palabra fascista contra alguien que no es fascista (que puede ser rojo, estalinista, leninista, bolchevique, maoísta, terrorista o demócrata díscolo) desvirtuandola de tal modo que pierde toda su sentido y se convierte en un burdo insulto. Hasta tal punto que los fascistas la utilizan para insultar a los rojos de toda la vida.
A Lluís Companys lo fusilaron por defender Cataluña. Pero, los fascistas, los que se levantaron en armas contra la democracia, ellos, los que protagonizaron una rebelión militar, le acusaron de ¡rebelión militar! Y por esta surrealista acusación lo fusilaron. Y lo más surrealista es que, en lo que algunos llaman democracia española, no se anulan estos juicios ni con esa nueva ley de perdedores.
La Iglesia lleva días muy alborotada por la asignatura de la Ciudadanía y se pasa el día reclamando la libertad de enseñanza y acusando al gobierno de querer adoctrinar a los niños. Si no recuerdo mal, es misión de la Iglesia adoctrinar a todo el mundo que pueda, sean chinitos o negritos o blanquitos. También es misión de la Iglesia prohibir determinadas lecturas y determinadas películas. Y también es misión de la Iglesia prohibirlo todo, incluso la masturbación.
Y hoy se descuelga una parlamentaria y dice que legalizar la marihuana sería un genocidio. Esa lumbrera académica se atreve a comparar el fumarse un porro con eliminar a los armenios, por poner un ejemplo.
País de manipuladores

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