Cuando era niño, hacia el 1953, los viernes de semana Santa, golpeábamos con un mazo de madera un taburete, con cada golpe se mataba un judío. Hacia ocho años del fin de la II Guerra Mundial, todo el mundo conocía los horrores de los campos de exterminio nazis. Aun así, en la España Católica de los obispos de brazo en alto, los niños seguíamos matando judíos (de un modo simbólico, claro). A través de la Vía Vaticana y España, muchos de aquellos criminales escaparon. Eran los tiempos felices del Nacional-Catolicismo. Aquellos que habían conspirado contra la República desde su proclamación para defender sus privilegios, fusilaban y reeducaban en la fe católica y del movimiento a los que habían perdido la guerra. Una guerra bautizada como “Cruzada” por la Iglesia Católica, la misma que bendecía a los golpistas y llevaba bajo Palio a Franco. La misma que levantaba el brazo cantando el “Cara al sol” y te aterraba con los tormentos del infierno. Alguien dijo que la religión sólo puede brillar en la oscuridad. En aquellos tiempos de oscuridad y miedo, brilló como nunca, causando la infelicidad de muchos. Con Juan XXIII, pareció que la Iglesia se volvía más humana. Fue una época en que una parte del clero creyó en los Evangelios y los puso en práctica, tiempos de curas obreros y de la Teología de la Liberación. Ahora, las sectas católicas fundamentalistas con mucho dinero y la curia vaticana más retrograda están imponiendo la visión más totalitaria y fascistoide de la Iglesia. Aquella Iglesia que bendecía los cañones de Mussolini y llevaba a Franco bajo Palio.
(Retazos anónimos de vidas anónimas)
Lo divertido es que estos incendiarios, realmente, no nos hacen puñetera falta para hablar y amar a Dios.


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