En el Tratado de Utrech del 1713, los ingleses (después de traicionar a los catalanes con el Tratado de Génova) exigieron a Felipe V grandes contrapartidas. Entre ellas, la cesión de Menorca y Gibraltar. Así se ponía punto final a la guerra de Sucesión. Los catalanes se quedaron con el culo al aire resistiendo solos hasta la caída de Barcelona el 1714.

 

Los británicos, que solo les interesaba el gran puerto natural de Maó, respetaron las instituciones y la lengua, abolieron la Inquisición y promovieron el comercio. La pega era que los soldados incomodaban a la población. Su economía se reactivó con la llegada de mercaderes italianos, griegos y judíos.

El 1756, Menorca cae en manos francesas. Hacen su vida y dejan a los menorquines tranquilos hasta 1763 que vuelven los británicos. El 1782, Calos III de España, decide recuperar la isla y lo consigue. La isla no tarda mucho en verse afectada por las reformas centralistas del Borbon. Se crean nuevos impuestos, se restablece la Inquisición. Se anula la libertad de culto y se expulsan a los griegos y los judíos. Pero, los británicos volvieron y se quedaron hasta 1802.

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Como podemos ver, hay cosas que no cambian jamás.