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En la transición española, a la demanda de Catalunya y el País Vasco de una autonomía, el Estado respondió con un café para todos. Así, Castilla, se dividía en varias partes y Madrid se convertía en una autonomía. Pense: Vaya, el poder ya no necesita a sus vasallos.  Estos días, pero, he leído algunos artículos sobre el proceso de “Madrid ciudad” a “Madrid megalópolis”, parece que será como una implosión de Castilla. Madrid camina hacia la gran macrociudad rodeada por solares vacíos. Y ahora pienso: ¿qué va a pasar con Castilla?    

Recomiendo leer este artículo de Ramon Tremosa i Balcells, economista y profesor de teoría económica en la Universitat de Barcelona, donde podemos apreciar los conceptos opuestos de la concepción del territorio entre Madrid y Barcelona.

“La literatura económica de la globalización habla de ciudades región. Al siglo XXI la ciudad económica supera los límites estrictos de la ciudad política. La ciudad región global tiene unas nuevas fronteras funcionales que se extienden hasta dónde llegan las relaciones laborales y residenciales que la ciudad política es capaz de articular. El AVE radial de Madrid ya ha convertido diferentes ciudades en simples barrios: Antoni Sierra Ramoneda me decía hace poco que Toledo y Guadalajara han desaparecido desde el punto de vista empresarial desde que llega el AVE (¿porqué dormir en Toledo si puedes dormir en Madrid?), y ahora es el turno de Valladolid. Y cuando se habla de la cohesión nacional que los nuevos cables de acero del AVE extenderán por la periferia, el proyecto de Madrid, ciudad región económica, acontece el proyecto, más identitario que económico, de Madrid ciudad nación: la nación española comprimida, pero compactada sin fisuras, en forma de gran megalópolis global.

París es el modelo de Madrid y la Francia centralizada es la estación final de la España autonómica del régimen común. (…) Madrid ha adjudicado el proyecto de nuevo Campus de la Justicia para 118 juzgados; según Expansión, serán los juzgados más grandes del mundo. Madrid tiene un proyecto ambicioso de ciudad global: figurar entre las primeras ciudades del mundo. Y como que todavía son a medio camino, Madrid está dispuesta a seguir chupando recursos humanos y económicos y a seguir sucursalizando ciudades y regiones. Que el ministerio de Fomento ya tenga dibujadas, y hechas reservas de suelo, para las futuras rondas M-60 (de 170 kilómetros) y M-70 (que supera los límites de la provincia) informan que Madrid aspira a los diez millones de habitantes.

Observando la evolución de los mapas lumínicos nocturnos de la UE en los últimos años se ve como Madrid hoy es ya casi tan grande como París y Moscú, aunque sea al precio de estar rodeada de una superficie oscura y desértica creciente, que llega hasta las periferias costeras. El PP empezó a desplegar el proyecto de Madrid ciudad nación sin complejos y el PSOE no ha hecho nada por contrarrestar sus efectos centrípetos crecientes, ya desencadenados en forma de imparable bola de nieve: habría podido impulsar, pero no lo ha hecho, las infraestructuras del arco mediterráneo, del eje del Ebro, de la cornisa cantábrica o los corredores orientales y occidentales de Andalucía, por pasar del España radial irreversible al España en red que ya no será. Y ahora el PSOE quiere impulsar el tren de mercancías de Madrid a Europa por Canfranc (Huesca), todo y sus 53 kilómetros de túnel, a la vez que atrasa el eje ferroviario mediterráneo. Hace tiempo que el Gran Madrid ha hecho irreversible su desafección con Catalunya.

El geógrafo Richard Florida, pero, sostiene que en el siglo XXI serán los corredores urbanos (urban corridors), y no las grandes ciudades megalópolis, los motores del crecimiento económico; serán agrupaciones de ciudades y regiones, y no una inmensa capital, las unidades económicas reales que organizarán el mundo y protagonizarán el desarrollo. Florida ha dibujado un mapa con los veinte corredores urbanos más importantes del mundo, uno de ellos será  el Eurosunbelt: perfectamente delimitado y unificado, este corredor va de Alicante a Lyon pasando por València, Barcelona y Marsella. Con 20 millones de habitantes, es potencia turística e industrial y tiene capacidad de atracción de empresas por algunos costes competitivos y por su estilo de vida mediterráneo, cada vez más valorado como factor de localización económica y humana.

En el mapa de Florida no sale Madrid, ya que no pertenece a ningún corredor, mientras en la Península se dibuja otro entre La Coruña y Lisboa, pasando por Oporto y Vigo, de diez millones de habitantes. Un operador logístico me explica que cuando una gran empresa global quiere instalarse en Madrid, allá sólo ve sus seis millones de habitantes; en Barcelona, en cambio, ve la capitalidad geográfica, demográfica y económica del corredor urbano antes mencionado, así como también una puerta de entrada privilegiada para el comercio asiático con destino a Europa. Barcelona, Tarragona y València tienen un gran activo que no tiene Marsella: una área industrial muy diversificada, capaz de añadir valor y de acabar los productos semielaborados importados de Asia para exportarlos a Europa. Lo mismo que hace Flandes.

Mientras tanto, el Estado en Catalunya construye infraestructuras sólo por ir más deprisa en Madrid: el AVE se lleva los recursos que se niegan a Cercanías (fundamento de la productividad de toda ciudad región) y al tren de mercancías en Europa, y la nueva terminal del Prat es para las compañías que vuelan a la T-4, y se reducen las opciones intercontinentales de Barcelona. Tanta obsesión centralista identitaria contra la lógica económica (dejar aprovechar oportunidades globales a los diferentes territorios) está reduciendo la nación española a una simple ciudad región mesetaria; tan inmensa, pero tan inhóspita, como Los Ángeles, y tan lejos de la red de ciudades medianas y con calidad de vida que articulan los países más adelantados de Europa.

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